Primera Parte
iluminar desde la fe la situación política y motivar a todas las personas de buena voluntad a que asuman sus derechos y deberes políticos con coherencia, generosidad y creatividad, insistiendo en que todo proceso electoral es de gran trascendencia, pues, como toda actividad política, el tiempo de las elecciones debe estar al servicio del bien común, debe tener como fruto la paz, debe basarse en la verdad, la libertad, la justicia y la caridad.
"Ahora bien, del hecho de que la autoridad proviene de Dios no debe en modo alguno deducirse que los hombres no tengan derecho a elegir los gobernantes de la nación, establecer la forma de gobierno y determinar los procedimientos y los límites en el ejercicio de la autoridad"
Por su parte, Pablo VI, en Octagesima Adveniens, da un paso más al señalar la urgente necesidad de buscar nuevos modelos de democracia.
"La doble aspiración hacia la igualdad y la participación trata de promover un tipo de sociedad democrática. Diversos modelos han sido propuestos; algunos de ellos han sido experimentados; ninguno satisface completamente, y la búsqueda queda abierta entre las tendencias ideológicas y pragmáticas. El cristiano tiene la obligación de participar en esta búsqueda, al igual que en la organización y en la vida política: (OA 24).
Después de los grandes fracasos y el desencanto por los modelos democráticos de la década de los 80, Juan Pablo II perfila en Centesimus Annus, criterios éticos para la construcción de una autéantica democracia:
"La auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la 'subjetividad' de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad... Y el Papa precisa la postura de la Iglesia: "La Iglesia aprecia el sistema de la democracia en la medida en que se asegura la participación de los ciudadanos en las opciones polííticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado".
La Iglesia ofrece a los católicos principios y criterios que dimanan del Evangelio, para que decidan con plena libertad sus opciones políticas, a pesar de que "una misma fe puede dar lugar a diversos compromisos políticos con los que la Iglesia como institución jamás debe asociarse".
La cultura democrática impide que la coyuntura electoral se aproveche para actividades agresivas, manipuladoras y hasta represivas en favor de alguna candidatura.
Al contrario, alienta al diálogo y al esfuerzo de todos por construir una patria y en nuestro caso, un Estado bajacaliforniano más justo y fraterno.